Una casa congelada en el tiempo.
No porque el tiempo no pase en ella, sino porque no pasa nada a lo largo del tiempo.
El polvo se acumula, las arañas tejen redes más y más intrincadas mientras ven cómo todo transcurre lento, un día tras otro y todo continúa igual.
Un rayo de luz entra por algún recoveco entre la madera, el polvo se mueve lentamente en un movimiento browniano que sería relajante de no ser porqué, el ambiente es oscuro.
Todo quedó congelado de la peor manera posible.
Una pelota de futbol en la misma posición que quedó, quemandose por un lado mientras gente camina por al lado sin siquiera notar que está allí.
Toda la habitación desordenada con ira. Todo revuelto, allí donde no debería estar. Objetos rotos, vidrio en el suelo, una frustración gigantesca reflejada en cada objeto y en su sombra.
Y cada día verlo allí. Todo intacto, como si el tiempo no desgastara a los objetos.
Y eso es porque el tiempo te desgasta a ti. El precio que hay que pagar por llevar el pasado en el presente.
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lunes, 21 de enero de 2013
viernes, 1 de junio de 2012
Las ganas
de llorar se las lleva el viento.
Siempre lo ha hecho, y últimamente lo hace el tabaco.
Y las cenizas caen en tu cama, y no quieres, porque la última vez que la hicieron quedó bien hecha y me gustaría que quede bien hecha por mucho tiempo.
Me gustaría que siempre esté así, con el recuerdo de esa sonrisa a medias que me encanta, esa sonrisa que sé que es de felicidad y que no pregunto de qué es.
Y asoman, pero es raro, es la primera vez que ocurre.
Y no sé qué hacer, me siento raro, me siento ajeno, me siento lejos de mi mismo.
Pero es que estoy frente a una pared que sé que debo escalar, que lo haré, pero ahora no veo por donde.
Así que pongo ese postrock que conozco. Que he vivido y que he visto vivir, esa canción que en una obra de teatro también casi te hizo llorar, sólo que allí las cosas no eran verdad, sabías que en media hora ibas a estar aplaudiendo, con un nudo en la garganta y una sensación de plenitud, de saber que entiendes el verdadero amor, no como ahora que no entiendes, que te da rabia que te de rabia y que la reprimes.
Y que te arrepientes. Que sabes que todo es mejor de a dos, pero extrañas la simplicidad de vivir en tu propia mente, donde es más fácil engañarte.
Y dan ganas de sacar Rayuela. Aquel libro que no leí, pero que sabes que debes leerlo.
Y los días pasarán. El alcohol acallará las penas. Como lo hacía.
Y, finalmente, se las llevó.
Y el sabor a frutilla se vuelve agrio. Y te apena no saber cómo demostrar que si un espacio es de Hausdorff los singleton son cerrados, porque tampoco sirve escapar a un mundo de topologías.
Y dan ganas de enrolar otro, sólo que no hay papel. Cómo me gustaría tener un smoking rojo. O uno naranjo.
Siempre lo ha hecho, y últimamente lo hace el tabaco.
Y las cenizas caen en tu cama, y no quieres, porque la última vez que la hicieron quedó bien hecha y me gustaría que quede bien hecha por mucho tiempo.
Me gustaría que siempre esté así, con el recuerdo de esa sonrisa a medias que me encanta, esa sonrisa que sé que es de felicidad y que no pregunto de qué es.
Y asoman, pero es raro, es la primera vez que ocurre.
Y no sé qué hacer, me siento raro, me siento ajeno, me siento lejos de mi mismo.
Pero es que estoy frente a una pared que sé que debo escalar, que lo haré, pero ahora no veo por donde.
Así que pongo ese postrock que conozco. Que he vivido y que he visto vivir, esa canción que en una obra de teatro también casi te hizo llorar, sólo que allí las cosas no eran verdad, sabías que en media hora ibas a estar aplaudiendo, con un nudo en la garganta y una sensación de plenitud, de saber que entiendes el verdadero amor, no como ahora que no entiendes, que te da rabia que te de rabia y que la reprimes.
Y que te arrepientes. Que sabes que todo es mejor de a dos, pero extrañas la simplicidad de vivir en tu propia mente, donde es más fácil engañarte.
Y dan ganas de sacar Rayuela. Aquel libro que no leí, pero que sabes que debes leerlo.
Y los días pasarán. El alcohol acallará las penas. Como lo hacía.
Y, finalmente, se las llevó.
Y el sabor a frutilla se vuelve agrio. Y te apena no saber cómo demostrar que si un espacio es de Hausdorff los singleton son cerrados, porque tampoco sirve escapar a un mundo de topologías.
Y dan ganas de enrolar otro, sólo que no hay papel. Cómo me gustaría tener un smoking rojo. O uno naranjo.
jueves, 2 de febrero de 2012
Esos días de melancolía
En los que hace calor y estás resfriado. Suena música lenta y tienes más ganas de tomar té que cerveza. Donde ir a acostarte, luz tenue, un incienso prendido junto con un buen tema de post rock formarían la parte perfecta.
Un libro abierto en tu regazo, ese olor a papel antiguo que antes perseguí tanto, de biblioteca en biblioteca como un cazador de experiencias, esos caminos que hacíamos para pasar por muchas bibliotecas al día, y nos quedabamos sentados, con la cabeza ladeada leyendo títulos y títulos, y derrepente gritar de alegría, o bien hacer un gesto por algún buen título que trajo gratos recuerdos.
Recuerdos de esos días anteriores a los primeros días, donde nada era muy conciente y los recuerdos se ven difuminados, hasta falseados por espectativas actuales.
Pero la mecánica cuántica te trae de vuelta, aún no terminas el pacto que prometiste, recuerdas cuando ibas en bici acá cerca, y lo pasabas bien. Cuando manejaba otra bici y las distancias siempre eran grandes. Ahora, pienso en ellas como algo pequeño, como un buen pasado, uno de los mejores que pude tener, esas risas de hace tantos años ya que cada cierto tiempo me recuerdan, y obligan, el hecho de estar pendiente de los años, de a veces imaginar cómo será, un café, un bar, yo esperando de antes, invitando la ocasión, y pensar en qué nos pasó, ese pensamiento que tantas veces he pensado y pocas en realidad dicho pero es tan esclarecedor cuando no hay una respuesta. Qué nos pasó, creo que hasta en una película lo vi y recordé.
Y vuelvo más al pasado, cuando sentía miedo de leer y no tenía que hacer nada, sólo estar allí. Pero ya se fue el efecto, fue una fluctuación nomás.
Nada de qué preocuparse.
Un libro abierto en tu regazo, ese olor a papel antiguo que antes perseguí tanto, de biblioteca en biblioteca como un cazador de experiencias, esos caminos que hacíamos para pasar por muchas bibliotecas al día, y nos quedabamos sentados, con la cabeza ladeada leyendo títulos y títulos, y derrepente gritar de alegría, o bien hacer un gesto por algún buen título que trajo gratos recuerdos.
Recuerdos de esos días anteriores a los primeros días, donde nada era muy conciente y los recuerdos se ven difuminados, hasta falseados por espectativas actuales.
Pero la mecánica cuántica te trae de vuelta, aún no terminas el pacto que prometiste, recuerdas cuando ibas en bici acá cerca, y lo pasabas bien. Cuando manejaba otra bici y las distancias siempre eran grandes. Ahora, pienso en ellas como algo pequeño, como un buen pasado, uno de los mejores que pude tener, esas risas de hace tantos años ya que cada cierto tiempo me recuerdan, y obligan, el hecho de estar pendiente de los años, de a veces imaginar cómo será, un café, un bar, yo esperando de antes, invitando la ocasión, y pensar en qué nos pasó, ese pensamiento que tantas veces he pensado y pocas en realidad dicho pero es tan esclarecedor cuando no hay una respuesta. Qué nos pasó, creo que hasta en una película lo vi y recordé.
Y vuelvo más al pasado, cuando sentía miedo de leer y no tenía que hacer nada, sólo estar allí. Pero ya se fue el efecto, fue una fluctuación nomás.
Nada de qué preocuparse.
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